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Plegar, como experiencia emocional

Artículo publicado en el boletín Pajarita de la AEP de junio de 2015. Por Cristina Belló.

Cuando un deseo personal nos impulsa a aprender a hacer algo bien con nuestras manos, se inicia un proceso extremadamente complicado que dota al trabajo de una fuerte carga emocional. Las personas cambian, al parecer de manera significativa e irreversible, cuando se funden el movimiento, el pensamiento y la sensibilidad durante la búsqueda activa y a largo plazo de los objetivos personales (…)” (WILSON, Frank R. (2002). La mano. Barcelona: Tusquets. p.19).

En una ocasión vino a verme un replicante, modelo Nexus-6, para que le enseñara a plegar. Nivel principiante. Sin nociones previas, me dijo. Me pidió unos diagramas y acto seguido se puso manos a la obra, con extremada eficacia y precisión. Plegó, ante mí, utilizando su potente sistema cognitivo. Como resultado: una intrincada y compleja figura, digna de un plegador experto. Me abonó la supuesta clase. No necesitó volver.

replicante pajarita

Esa misma semana volví a comprar papel para el taller extraescolar. Roberto apenas había acabado de salir del comedor cuando irrumpe en la fila delante del aula. En una mano todavía lleva un trozo de pan. En la otra su figura de la semana pasada, a medio hacer. Empezó a plegar con nosotros el año pasado, con siete años. Está impaciente por entrar. Dice que quiere aprender a plegar un dragón, grande y rojo. Para enseñárselo a los amigos en el patio. A su compañera de al lado le gustaría hacer flores para el día de la madre y otra más lejos le ha prometido a su profesora que le llevaría mariposas para decorar la clase. Necesita al menos veinte. Entramos. Tienen prisa. No pueden esperar. Las manos, algo sucias de comida. No ha dado tiempo a lavarlas. Pero se ponen a plegar con un cuidado exquisito el papel. Aprender nuevos pasos: cognición. Pasárselo bomba, disfrutar: emoción. Ganas locas de venir: “el año que viene me apunto dos días ¿se puede?”: motivación, incluso adicción. Roberto le dice a un compañero: “no, así no, ¡espera que te enseño!”: compartir. “¡Mira lo que me he inventado!”, me dice: creatividad. “¡Con este color me ha quedado genial!”: satisfacción, competencia. “¡Qué suave es este papel! ¡Mira cómo brilla!”: admiración, placer.

emocion

En otros términos, cuando Roberto pliega los estímulos sensoriales que acceden a su cerebro, principalmente a través de las manos y de los ojos, activan distintas áreas de la corteza cerebral y del sistema límbico (amígdala, hipocampo…) que gestionan las emociones y emiten una respuesta (emocional) de alegría y de placer con distintas manifestaciones:

  • fisiológicas: aumento de ritmo cardiaco, dilatación de las pupilas, rubor, sudoración…
  • motoras: expresión facial de la emoción, levantar las manos, dar saltos, reír, …
  • cognitivas: valoración subjetiva de la sensación de bienestar
  • motivacionales: al plegar, su cerebro libera dopamina, lo que activa el circuito del placer o de recompensa y hace que tienda a repetir la acción. Decimos que plegar engancha. La experiencia se graba en la memoria emocional.

Emoción, pensamiento y motivación se funden así en beneficio de Roberto.

A María le sucede algo parecido en el taller de mayores al que procura no faltar cada martes. Relata que su experiencia es muy placentera, que se olvida de sus problemas cuando está en clase plegando y que el tiempo se le pasa volando. A este estado emocional, lo llamamos fluidez. Las emociones positivas que experimenta en el taller mejoran sus recursos personales para afrontar adversidades en la vida diaria.

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Roberto y María no son genios de la papiroflexia. Tampoco lo pretenden. Cada uno tiene su propio estilo. Sus figuras acabadas son hermosas. Incluso sin terminar. Porque son la expresión artística de sus subjetividades y llevan la huella de su personalidad.

Las emociones son automáticas y en buena medida, incontrolables. Tradicionalmente la psicología ha trabajado más con las emociones negativas, que producen malestar. La reacción de huída ante la emoción de miedo nos permite sobrevivir. Pero poco a poco está cobrando interés el estudio de las emociones positivas que además de permitir que la especie se perpetúe (placer ante displacer) cumplen una función de comunicación y de contagio colectivo y se constituyen como bagaje o recurso para un mayor bienestar.

La experiencia emocional de plegar estimula el contacto y la comunicación sociales a través de su expresión conductual (pensemos en la expresión facial) que facilita la interacción entre personas. Además de ofrecernos información no verbal del sujeto por su comportamiento al plegar, el origami ofrece a los terapeutas una herramienta rica para establecer una buena alianza con el paciente y se erige en un recurso creativo de terapia de gran valor. No en vano algunos terapeutas nos referimos a la terapia en general como una experiencia emocional correctora.

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Particularmente, plegar me emociona. Ver plegar a alguien, probablemente más. Sus manos, sus gestos, su postura, su expresión, sus dificultades, su alegría al conseguirlo… No sentí nada cuando plegó, delante de mí, el replicante.

 

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